La ikastola que sucumbió a la guerra

No acostumbro a alargarme en los textos de mis entradas, pero esta vez voy a publicar íntegramente el texto publicado en el diario de navarra sobre el próximo documental en el que estoy trabajando junto a Pello.2009092502155738_640

– El germen de las clases en euskera en Estella no se inició en el frontón Lizarra en 1970, sino en un piso de la plaza de Los Fueros en la II República. Una historia que Ricardo Galdeano Latorre y Peio Etxaniz Iturbe recogen en un documental.

M.M. . ESTELLAViernes, 25 de septiembre de 2009 – 04:00 h.

AUNQUE la mayoría piensa que el germen de la ikastola de Estella se enmarcó en el frontón Lizarra en 1970 gracias al impulso de una cooperativa de padres, la primera enseñanza reglada en euskera de la ciudad del Ega se remonta a la II República y en un espacio más céntrico: un piso en la plaza de Los Fueros; en concreto en el ubicado encima del Bar La Conrada.

La entonces llamada escuela vasca inició su andadura en 1933 de la mano de un patronato integrado por instituciones culturales, Eusko Ikaskuntza, autoridades municipales y el sindicato de turismo. Una casi adolescente Petra Azpiroz, de Leitza, con el título aún rezumando tinta se encargaría a sus 17 años de impartir las clases. Primero a cuatro niños. Después a 40 que se repartían en tres cursos.

Gracias al testimonio que escribió para celebrar el 25 aniversario de la actual ikastola en 1995, podemos conocer que se apoyaba en la música tanto para iniciar la inmersión en el euskera a través de canciones como para estimular los sentidos de sus alumnos. Pero esta trayectoria profesional fue corta. En 1936, tras el alzamiento, se le inhabilita para la enseñanza al considerársele “persona indeseable”. Tenía 21 años y nunca más volvió a ejercer.

La historia de la ikastola sabemos que se retoma en 1970, pero tras aquel verano del inicio de la contienda civil, el comandante jefe de Estella, Ricardo Sanz Iturria, emite un bando en el que además de prohibir el euskera y cualquier manifestación del considerado folclore vasco, como las danzas o el txistu, insta a entregar en un plazo de 48 horas los libros y objetos “de toda índole de la finada escuela vasca”.

Los ejemplares terminaron en una gran pira en la plaza de Los Fueros, sus alumnos diseminados por otros centros educativos de la ciudad y las mesas en las escuelas nacionales. Uno de esos estudiantes recuerda ahora que miraba con nostalgia aquellos pupitres que le habían enseñado a cuidar como si fueran suyo. Incluso, afirma, acariciaba a escondidas el que le había pertenecido.

45 minutos

La elaboración del libro que editó Lizarra Ikastola en su 25 aniversario rescató este capítulo olvidado de la biografía de la ciudad despertando el interés por conocer más de un profesor del centro, Peio Etxaniz Iturbe. Y Ricardo Galdeano Latorre, ex alumno de la ikastola y empresario, vio en esta historia material más que suficiente para canalizar una de sus grandes aficiones: la realización de cortos y documentales. Un amigo común, Regino Etxabe Díez, enlazó ambos intereses hace dos años.

Desde entonces, Galdeano y Etxaniz han recopilado testimonios de antiguos escolares y de las hijas y nietas de la primera “irakasle” de Estella, documentación y fotografías de la época que envueltas con la música de la Coral Ereintza y los Txistularis Padre Hilario Olazarán, además de la colaboración del historiador Josu Chueca para contextualizar la época, han permitido pergeñar un trabajo de 45 minutos sobre aquella escuela que sucumbió a la guerra. Este documental, tan sólo a falta de pequeños retoques para quedar listo el próximo mes, se presentará a festivales y ciclos especializados en este tipo de trabajos. Además, se editarán 500 DVD con la intención de repartirlos entre los centros escolares y otras entidades académicas y culturales.

“De las conversaciones con antiguos alumnos, nos queda la sensación de que se trató de una apuesta por una enseñanza cultura, apolítica y confesional”, resume Ricardo Galdeano. “Y muy adelantada a la época tanto por el material utilizado como por el cuidado con el que se hizo la inmersión paulatina al euskera”, añade Peio Etxaniz. “De hecho, hay gente de ochenta años que a pesar de no haber vuelto a utilizarlo en la vida recuerda aún palabras y hasta canciones enteras”.

Entre la documentación que ilustra el reportaje, no podía faltar el célebre bando con el que Ricardo Sanz Iturria puso punto final a la escuela vasca. “Es una requisitoria muy minuciosa, que hasta prohibe decir agur. O con pasajes tan curiosos como aquel en el que tampoco se permite utilizar el txistu al que lo califica como “planta exótica desconocida e importada por los que todos sabemos””, reproduce Peio Etxaniz.

También aparece un recibo del pago de dos pesetas al mes que cada alumno realizaba en este centro privado y mixto. Y por supuesto, imágenes de aquellos pequeños junto a la profesora; su familia cuenta que cuando rememoraba el final abrupto de “su ikastola” aún muchos años después la melancolía arrasaba su rostro. Aquel que, como aparece en una página de 1933 de Diario de Navarra, sonreía entre sus compañeras de promoción pensando que su vida de maestra no había hecho más que empezar.

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